jueves, 27 de diciembre de 2012

(Bretón tampoco fue)

Miradas llenas de estiércol, de almudenas grandes y nocivas, de profetas hartos de naufragar como columnas de papel; y las azoteas de los pies temblando frente a la marmita de neuronas, que no caen con gravedad, porque no hay poetas suficientes para poder pensar en pasos, en caminos inflados de kilómetros. Ya los pies no inventaron las golondrinas de Bécquer, ni las pinturas de las cuevas; ya sólo los pies adornan el pasado y se decoran de textiles anárquicos y delincuentes como rodillas; como no estar en las pesadillas infantiles ni en los billetes de las sonrisas: es la grieta que echó costra, es la almohada de la lluvia, el silencio de las moléculas, todo pero sin tutoriales para las vidas, ni campos donde poder gritar los años ni montañas en donde caer. ¿Qué llegará de la cortina que se desplaza como un cuello de un rico estirado? ¿Qué puede venir de unas farolas confundidas por la noche, de una cueva puesta al revés o reversada, de unas nubes que pesan en los pulmones? No hay poetas suficientes para poder pensar en pasos; ni personalidades que romperán el dedo del dolor ni dedos suficientes para ser rotos. Todo esta henchido de para qué(s), la muerte no es el mejor camino pero no hay otro. Todo se lo lleva la luz, la misma luz que luego se vuelve negra de tanta luz y los ojos no pueden respirar sin rezar colores. Ya no sé ni lo que digo, si decir sirve de algo, o servir nos dice algo, o si algo dijo que servir ya no es de dios. Ya no hay poetas suficientes para poder pensar en pasos; pero sí muchos pasos pensados para ser poetas. El caminante nunca vendrá.


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