jueves, 13 de septiembre de 2012

(Te mueres, sí, ¡y qué!)

Te mueres, sí, ¡y qué!, me molestabas.
Te mueres sobre el prólogo incorrupto
de la Nueva Gramática Española,
al modo en que se ofrecen los ateos
por si buscara Dios quien le reemplace.
Te mueres sin saber por qué se caen
tus pulsaciones cuando escribes prosa,
por qué los ojos saben, si se cierran,
aquello que olvidaron al abrirse.
Te mueres por venganza, con costumbre,
sin consenso, amablemente a solas
como mi cuerpo en el sesenta y uno
después de concluir la Enciclopedia.
Te mueres para ser rememorado
muchísimo mejor de lo que fuiste.
Has comprendido demasiadas veces
las cosas que sirvieron para poco
y ahora que te mueres, español,
va siendo tiempo ya de que me importe.

No busques en mi voz ningún consuelo,
España es hoy el fondo de tu tumba,
el musgo que lubrica la paciencia,
cadáver que se excusa porque huele
y exige un cementerio para él sólo.
Te crees en democracia como un niño
se piensa que el maestro no le miente,
has elevado el mar unos centímetros
para cederle sitio a la torpeza,
aburres tantas veces como opinas
y sabes que tus pueblos se distinguen
por cómo engordan todos sus alcaldes.

Para reconocer a un español
observo si hace tanto como anuncia,
si quiere parecerse a quien desprecia
y lanza su barbilla hacia las nubes.
Los españoles somos parecidos
en eso de creernos especiales;
apenas unos pocos se lamentan
de hacer, de su dinero, sus disgustos.
Así las cosas, ¿cuál es el enigma?,
España es no saber en qué has fallado.
Quien quiera fallecer que lo haga ahora.
Quien quiera ser feliz que me pregunte.
Aarón García Peña

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