viernes, 30 de marzo de 2012

La mujer insoportablemente leve

Tenía dieciséis años, -iba yo relatando-,
cuando cayó en mis manos un libro de Kundera,
La insoportable levedad del ser.
Un título vibrante y asombroso
como un arcón repleto de tesoros.

      Mientras,
      tú me escuchabas
      con esas dos ventanas abiertas en la cara
      que siempre fueron ojos y camino.
      [El tren se iba adentrando por la costa
      buscando siempre el Sur]

¿Creerás, -yo proseguía-, que en aquellos momentos
yo soñaba con ser
           Sabina la sensual,
Sabina eterna amante condenada
a abandonar todos los hombres que ama?

      Tú asentías sonriendo con tus ojos de estrella
      como si no existiese ningún resquicio en mí
      que tú no imaginaras,
         que tú no conocieras.

      [El tren y los andenes intercambian viajeros
      buscando siempre el Sur]

Más tarde me di cuenta, -continué yo diciendo-,
que un pequeño detalle, -¿debo decir defecto?-,
me arrastra sin remedio
muy lejos de Sabina.
Me guste o no, yo soy
    un animal sensible
                     que nunca ha conseguido enfriar su corazón.

      Tú arqueas la sonrisa en connivencia.
      [El tren nos deposita en la estación minúscula
      que está mirando al Sur]

Recuérdame, si un día
el destino me cruza con Kundera,
abonarle con creces
   tanta declaración de amor a dúo.
Raquel Lanseros

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