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viernes, 3 de octubre de 2014

Hoja de árbol



Hoja de árbol caída
música de viento no es,
no me toques los cojones
que vengo de vendimiar.



Luis

domingo, 6 de octubre de 2013

Fruto de inexperiencia

Sin embargo nunca oía
llegar mi mano atravesando
las dos mil capas de aire
que separaban mi nuca



                                  de su nalga,
yo a veces creo que lo ignoraba
                (quiero decir que prefería no escucharlo)
o que disfrutaba con la cerrazón
sexual que suspendía cada tempo
                que estallaba,
como si no saber fuera mejor que hacerlo
o como si
los surcos de mis dedos fueran
                más profundos por inesperados,
y una marea de algas que
                llega
pero nunca toca.
Cuatro paredes pueden ser muchas
para encerrar dos cuerpos,
dos cuerpos son el limbo

en que ciegos enjambres se cruzan.

jueves, 21 de febrero de 2013

Lo siento de veras, abuelo

Se marchó y nunca volverá,
Las fotos amarillean con el tiempo
y puede que ella acabe
como esas mismas fotos de los muros
de las que tú me hablabas
y en las que yo solo veo rostros ausentes,
rostros que volverán a morir cuando tú mueras.
Todos morimos dos veces, abuelo:
cuando dejamos de latir y cuando nos deshacemos en el olvido.
Y tú lo sabes, sabes que los dos lo lamentamos más que nada:
tu mayor pérdida y mi única hasta la fecha.

Me desprecio por verte tan poco.
Soy un cobarde
y así lo llevo rajado en la frente,
pero hay un porqué que palpita:
me gangrena el simple hecho de mirarte a los ojos,
porque veo en ellos reflejarse el deseo de la muerte.
Morir por volver a verla.
Lo dudo,
pero espero que tu dios os vuelva a unir algún día.
Entretanto, abandonas las horas mirando tus punteras
con la frente hundida en el cuello del bastón,
tan silencioso que a veces os confundo.
Y nos liga la sangre que fluye en nuestros cuerpos, abuelo;
tu sangre de herrero,
tu sangre templada a latidos de fragua,
tu sangre curtida en los surcos de mies;
pero, abuelo, a mí
no me forjaste para poder verte sufrir tanto.
Luis

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Recién nacido

Hay gestos minúsculos que revientan la existencia.
Gestos que levantan la noche
y alcanzan lo eterno del ser humano.
Son casi siempre inconscientes;
por eso son innegables.

Eso lo pensé en el momento en que la diminuta manita
aferró mi dedo.
Ella ni siquiera lo sabía
y ya por vez primera
demostraba la fuerza incontenible de la especie.

Tenaza de carne breve sobre mi dedo.
Breve y libre.

Ni una semana y ya la rabia de vivir
aflora a dentelladas violentísimas.
Igual da que sea nube o carne dura.
Igual da.
Los dedos funden la aurora en aguatristes
como un gañido de amanitas.

Se vuelca su mirada hacia las furias.
Invencible.

El sentimiento de un mundo inabordable
persiste, pero no le importa,
aún así lo agarra hasta sus últimas consecuencias:
tener que vivirlo.
Los dedos son sus palabras,
palabras de espada y luna.

¡Callad, mariposas,
que el bebé está hablando!

Nadie la interrumpa con caricias,
pues tiene el valor suficiente para vivir.
Nadie nos separe
pues ahora lo comprendo.
La niña sabe que esto es a muerte o vida
y así lo transmite a la carne estremecida que se digna a escucharla.

Vuelan mil estambres de cobalto
¿Serán sus sueños acaso?

sábado, 13 de octubre de 2012

Visiones del desierto

Me adormezco mirando tu piel.
Una piel infinita, de arena,
que callada se derrama hacia la nada;
ondulante
en un tapiz deshilado y volcánico,
tácito lienzo en que mis labios
desmiembran sus locuras,
se vierten en un plasma de silencio,
cerrado, denso, pleno de existencia.

Porque me entrego a ti sin reservas.
Me declaro fiel a tu paisaje
siendo yo infiel a todo:
al mundo, al ser humano y a la vida misma.
Me basta con vagar por tu desierto,
como un mesías, peregrino del deseo y de la Nada,
saciando mi sed con la arena
que inflama el triunfo del ocaso
-todo el que ha visto el ocaso del desierto
sabe que no hay nada comparable-,
hundiendo mi cuerpo entre las dunas del tuyo,
saboreando la luz que te desborda,
que se esparce intentando ahogarte, anegarte,
como si solo hubiera sido creada para ello.
Luego, con la vista, recorro hasta el infinito
cada rincón de la arenosa estepa de mi letargo
mordiendo dulcemente el umbral de la melancolía.
Melancolía de tus recuerdos,
alzados como hitos inermes
sobre tu mundo.
Silentes monumentos de tu historia.

Porque suplico por verme varado en el camino,
bogando a la deriva, tendido boca abajo
en tu océano calizo.
Sometido a la voluntad de tus vientos,
completamente abierto por la geografía que te da la vida,
delicada y ardiente como la luz que te abrasa.
Boga, marinero, hasta la línea
que raya el horizonte.
Cabecea en el mar brillante
siguiendo el faro de sus labios,
labios que se funden como olas,
olas que se sienten como lanzas.

Duerme… déjame soñar, beber de tu piel.
Piel de arena, piel de sueño,
piel de ondas, piel de playa,
piel vibrante y sumisa,
piel de trigo cortado,
pieles infalibles, con restos
de besos en surcos,
pieles encendidas, sin fronteras,
como puñales candentes de madrugada.
Y, entre medias,
solo ese algo que queda entre ambos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Espinas de muerte y vida

No quiero imaginar a mi estirpe acunada sobre nidos de espinas,
ni creer que la luz de la luna fluye hacia ninguna parte
alumbrando los despojos de rostros frenéticos,
modelando el sonido de los cuerpos al caer.
No quiero pensar que estamos latiendo hacia un futuro de fuego,
de lunas y peces que inflaman los gritos de sangre,
de lluvia que baja y en lugar de lavar mancha,
de gemidos de ausencia y de perros cargados de cólera.
No quiero pensarlo, pero lo pienso; ni creerlo, pero lo creo,
y doy tumbos noche abajo y mundo arriba
flotando de conciencia a conciencia
y viendo horrorizado el leitmotiv de nuestra especie:
siempre triunfa la inmundicia, inmundicia que rellena los cráneos sin escrúpulos.

Están muertos.

Las cuencas vacías al horror, la sonrisa sádica sin labios
y los dientes nauseabundos tallados en oro macizo.
Su marcha silenciosa siempre ha dominado nuestro mundo.
Por eso, solo nos queda una cosa:
escupir un alarido capaz de acuchillar el mismo cielo,
y gritar, gritar hasta la extenuación;
que tu grito sea tu estoque,
y tu estoque atraviese el mundo.
Ya lo dijo el Poeta: hemos de estampar nuestros sesos en el muro,
porque no hay un dios al que tener despierto
ni habrá un alba como no la prendamos nosotros
con las mismas manos rudas de hace cientos de miles de años.

Y tienen miedo.

Miedo de la mayor bendición del ser humano, que es la rebeldía.
Miedo de verse en el suelo rodeados de ojos furibundos.
Miedo de hallar su cabeza en lo alto de una pica.
Junto a ellos, crujen astillados los viejos goznes del mundo
mientras resuena desgarrado el llanto del chacal,
gemido inconsolable que parece salir de las mismas entrañas de la tierra.
Gime, llantito de perro apaleado,
pues tu estirpe también saboreará las espinas.
Abro los dientes y callo, cierro los ojos y muero,
porque el llanto incombustible inunda mis oídos
y es mucho más terrible que la imagen que flotaba.
Calla, llanto maldito,
no destroces mis sueños de espinas doradas,
no me reveles el futuro,
porque es la verdad y es peor que la verdad:
puede que no haya ni espinas para mi linaje.

sábado, 19 de mayo de 2012

A cuchillo

Brilla la sangre como el filo de la aurora,
igual que dos sonrisas frente a frente,
y se vierte en aspersores, en aspersores leves y sin fuerza,
tan cortante como un reflejo pulido.

Hojas afiladas sajando la carne,
milímetro a milímetro instantáneo,
hundiéndose limpiamente
en tajo suave y pulcro. Continuo.

La belleza de miembros cercenados…
Fragmentos de hombre, potencias de vida.
Cortes limpios fundados en sueño
sobre blanda materia que no da resistencia.

Mutilaciones de aire o torsos seccionados
o despojos de cuerpos bañados de luz pálida,
surtidores de linfa que se esparce, se diluye,
se escancia en cálices de bruma.

Es entonces cuando torrentes y mares sin freno
se abren paso y sacrifican y devastan y…
…desaparecen. No hay mancha, no hay diluvio de sangre,
tan solo la belleza de miembros cercenados.

viernes, 27 de abril de 2012

Cárcel

Atado en un ovillo de horas muertas,
sufriendo las miserias del hastío,
me consumen el tiempo y este frío
que abrasa mis entrańas entreabiertas.

Triste visión de mil posibles puertas
que esconden tras de sí un sino baldío
de rutina, espera, silente estío,
en mis manos aún jóvenes e inciertas.

No preguntes a la urbe, que se apaga,
ni interpeles al cielo ceniciento,
por el nimbo de abulia que me embriaga;

pues solo seré libre en el momento
en que, tenues, como una sombra vaga,
se agiten mis cenizas en el viento.

sábado, 1 de enero de 2011

Poeta: Luis

          Nato unos días antes de los idus de marzo de 1993 (según el calendario romano y juliano), no es más que un tipo extrañamente bipolar y un poeta ni de los mejores ni de los peores. Vigoréxico a ratos y nacido para triunfar… no, mejor para el fracaso. Pesioptimista por naturaleza, fan absoluto del Quijote. El 27 es su Biblia-Corán-Torah y es poseedor de una letra extraordinaria, tan mala que ni él mismo es capaz de descifrarla (lo que ha malogrado varios de sus poemas). ¿Pasiones? Un libro nuevo, un buen partido de baloncesto o ver el sol atravesando un racimo de uvas maduras, sin desdeñar nunca un buen orgasmo, por supuesto. La barba pelirroja atestigua que es hijo del butanero, quizá de un irlandés -digan lo que digan los análisis genéticos-. No se define como ególatra ni como narcisista, pero es que es muy humilde, y pese a ser como es no suele caerle mal a la gente, lo que hasta a él mismo le extraña. Aún no sabe qué día morirá, pero espera ser consciente de que está pasando cuando ocurra.
Su fecha de barbarización se produjo hacia principios del 2012 y desde entonces, debido a la responsabilidad que ello acarrea, ha procurado rascarse el escroto con mayor elegancia.
PS: Su correo es luisfuentep_22@hotmail.com. El suyo, no el del escroto. Eso sería una locura.