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martes, 14 de abril de 2015

Paseante


Abres tu casa.
Las calles y las ramas son la agitación
de la tierra pujante y ruidosa.
Das vueltas y no vuelves.
La soledad te escarba los hombros
en este sitio donde el polvo
cierra la boca a las palabras.
Atrás alguien se duerme en el sopor.
A uno le duele algo
y si esto fue antes tierra firme no importa.


Vilma Vargas Robles 

lunes, 23 de febrero de 2015

Madrigal


Si Dios un día
cegara toda fuente de luz,
el universo se alumbraría
con esos ojos que tienes tú.
Pero si -lleno de agrios enojos
por tal blasfemia- tus lindos ojos
Dios te arrancase,
para que el mundo con la alborada
de tu pupila no se alumbrase;
aunque quisiera, Dios no podría
tender la Noche sobre la Nada....
¡Porque aún el mundo se alumbraría
con el recuerdo de tu mirada!




José P. H. Hernández

domingo, 2 de noviembre de 2014

Ducha y adiós



Para Yehudi Ramírez


La brisa entra por esta ventana.



Sobre la mesa

el trago de ron

que no pudiste acabar

mientras decís,

                        apresuradamente,

que debés trabajar el turno de las ocho.



Me he pasado la tarde

pensando en tu espalda como

en la cuenca más llena de atunes,

porque siempre me han gustado

las bocas azules que saltan y muerden

a la menor insinuación del tacto.

Me ha gustado siempre

el intenso oleaje

que producen tus piernas / en la bañera.



La brisa entra por la ventana

y son ya casi las siete y cuarto.



Me decís que te vas a bañar

                                   y a vestir.



Pienso que debo acompañarte

por deber o por costumbre,

pero te vas al baño

y yo aun no me levanto de la cama.



El agua suena como venida desde

adentro de nosotros

y pienso que deben ser

esos peces que te cubren el cuerpo

cuando te salta el agua encima.



La llave da vuelta con un chirrido

y ya no se oye más el

eco subterráneo en la bañera.

(Si acaso,

una gota o dos

                        desde el tobillo,

por el aire,

hasta la tina).



Te vestís adentro / y al salir,

ya precipitadamente,

decís adiós con un gesto

de la mano.



Veo que llevás el pelo casi seco.



Antes,

solías llegar tarde.



Alexander Obando

sábado, 1 de noviembre de 2014

Devocionario (dibujo a pulso de una noche en San Juan, Puerto Rico)



A Zoraida y Carlos


Et d"avoir vu la mer ouvete comme un oeil 
Guillerme Apollinaire


Ninguna fotografía sabe esconderme del pasado.

En la vieja arquitectura de estrellas cansadas
brotan los días con sus relojes sin cuerda.
Los sonidos y su modernidad.
Las barcas del desprecio siguen arribando:
anclas sangrientas,
banderas de odio.

Llevamos bajo el brazo un compás,
truenos,
el diluvio de plazas y oficinas
donde las rosas se secan,
las tazas de té meditan
mientras el invierno amenaza
y trae consigo
cuerpos de ballenas muertas,
leños que parecen viejos buques.

La perfección de la noche
pinta la tormenta mar adentro.
El destino es un disfraz,
Escapa al sur como las aves.
Es un asesino que regresa a tierra
sin argumentos para envejecer.
Aquí los cruceros descansan
como casas deshechas por la sal.
Las tiendas se adornan con flautas
y serpientes de madera.
Todos los aromas
acaban con la realidad y sus siglos de oleaje,
como un corazón arponeado por el olvido.


David Cruz 


viernes, 31 de octubre de 2014

Industria fallida

Este amor tiene casi de todo:
Vísceras, impulso,
Azar, ambivalencias,
Una risa encapsulada,
Viejos cortometrajes
Y hasta un poema que grita con intenciones..

Es pseudosuicida, mitómano,
Interesadamente honesto,
Pocas veces trivial.

Raro y pretencioso,
Como un calco bien logrado.

Estás, sin duda,
Ante un amor de antología,
Incompleto por muy poco.

Solo faltás vos.


Gustavo Arroyo

jueves, 30 de octubre de 2014

Latitud cero

Aquel que no ama las nubes
 que no vaya al Ecuador
Henri Michaux



justo en la mitad del mundo
las nubes
perros del aire
viajan directamente al sur


nubes que Michaux amó
como se suele amar a los lobos
esos pastores fieles de las montañas


en medio de la cintura del planeta
en el punto cero cero cero
donde convergen el yin y el yang

hay un hombre dividido
entre una línea imaginaria
y los rayos perpendiculares
que deja caer el sol


aquí
sobre estas cimas
donde la razón trazó sus coordenadas
y orientó el desasosiego de su miedo


aquí en el Ecuador
hay un hombre fervoroso
cantándole al ombligo de la Tierra




Osvaldo Sauma



miércoles, 29 de octubre de 2014

La máquina de hacer niebla

A dos centímetros de mi oído
Sus labios casi gritan:
“Le hacés daño a la gente”.
La luz estroboscópica revela
En acelerados intervalos
La esencia tribal del baile.
Las paredes vibran
Y desde un extremo del bar
Vemos películas de Tura Santana
Sin poder escuchar los diálogos.
Una máquina hace niebla
Mientras busco mi defensa
Y ella se inclina hacia donde estoy,
Esperando ese argumento.

Pero todo está claro.
El volumen ensordecedor es lo único
Que nos obliga a acercarnos.


Luis Chavez

martes, 28 de octubre de 2014

Bodegón del fregadero


Las moscas parecen hablar de 
nosotros
sobrevolando aguahielo y latas
de cerveza,
llevándose en sus ojos
instantáneas de la cena frugal 
que devoré mientras vos 
sacabas de tu boca
grandes monedas de cinco francos
de 1973.

Hoy que lavo las copas
manchadas de vino,
los platos profundos como
gargantas desérticas,
los cubiertos de un antiguo
duelo alimenticio,
pienso en vos,
en que dormís desnuda
como pilar oculto,
húmedo y salobre.
Y sonrío.
Me seco las manos con una toalla.
Para volver a tocarte.


Alfredo Trejos

lunes, 27 de octubre de 2014

Pájaros pendientes


Lo que no se dice a gritos se despoja en la calle inútil, mintiéndole a no terminar lo que urge.
Así estoy frente a la mesa del lugar, frente a la taza. La boca abierta de muñeco de trapo hablando. También la mano posa inerte los dedos a contratiempo en la madera, posa en el caballo negro desbocado como pasado quieto, o como lo que no ha pasado aún. Se me antojó negro después del recuerdo de mi papá, con cinco años y recordando viejos tiempos, dándole de galope al olvido.
Es que me da risa el tiempo animal, acostarme cansada por las noches como con veinte años más.
La edad pendiente un animal. Los que tienen veinte años más que yo se acuestan con mi edad.
Mi cuello sospecha ahora la despedida, trazándola lenta de hormiga, inútil bordeando la taza.
Así la espanto, con golpecitos en la mesa, pretendiendo metales del cielo, monedas que la buscan en la disonancia de la piedra. Me urge el punto afónico de lo hecho.
Hecha la piedra, la mesa. Hecho frío el café como vértebra aconteciendo la edad, donde suelen despedirse los pájaros en cuartetos blancos desde la calle.


Silvia Piranesi

viernes, 4 de enero de 2013

Anunciación

¿Y este baño de nieve?                        
¿Y este aserrín de almendra en los pezones?    
Y en mis regiones lunares,                      
¿por qué esta Pócima lenta de tu boca          
volcada como aceite,                            
saliva somnolienta?                            
¿Cuáles palabras, cuáles,                      
me has puesto sobre el sexo?                    
Navegan hacia un cielo                          
mis dos muslos sonámbulos,                      
y en tan tierno declive                        
un ramillete helado de fresquísimos berros      
deslizas del tobillo hacia mi gozne.            
¿Y este aroma viril, sus estrellas saladas?    
¿Cuáles palabras, cuáles,                      
escozor de jengibre                            
de tu barba crecida, entre mi sexo?            
¿Cuántos besos has puesto                      
sobre esta ventanita?                          
Adiós. No escribes más                          
con tus húmedos dedos.                          
¿Qué cosa has dicho? Un algo,                  
un ya no supe cuál de anunciación.              
Te has puesto la bufanda. ¿De dónde viaja a ti  
toda la luz?                                    
Adiós dardo bellísimo del sol.                  
Te yergues todavía. Te estás por ir.            
Devuelves hacia el lecho                        
esa boca sanguínea                              
y alcanzas con el borde de tu lengua            
las cimas de mis senos,                        
sus morenos torreones de azúcar diminutos.      
Abro los ojos. ¿Dónde                          
miro pasar volando                              
un abrigo raído?                                
¿Por qué, como la nieve, en el tejado?          
Un dios se mueve en mí.                        
Adiós, arcángel.            

Ana  Istaru