sábado, 31 de marzo de 2012
Hombre preso que mira a su hijo
Cuando era como vos me enseñaron los viejos
y también las maestras bondadosas y miopes
que libertad o muerte era una redundancia
a quién se le ocurriría en un país
donde los presidentes andaban sin capangas.
Que la patria o la tumba era otro pleonasmo
ya que la patria funcionaba bien
en las canchas y en los pastoreos.
Realmente botija
y también las maestras bondadosas y miopes
que libertad o muerte era una redundancia
a quién se le ocurriría en un país
donde los presidentes andaban sin capangas.
Que la patria o la tumba era otro pleonasmo
ya que la patria funcionaba bien
en las canchas y en los pastoreos.
Realmente botija
no sabían un corno
pobrecitos
creían que libertad
era tan sólo una palabra aguda
que muerte era tan sólo grave o llana
y cárceles por suerte una palabra esdrújula.
Olvidaban poner el acento en el hombre.
La culpa no era exactamente de ellos
sino de otros mas duros y siniestros
y éstos sí
cómo nos ensartaron
en la limpia república verbal
cómo idealizaron
la vidurria de vacas y estancieros
y cómo nos vendieron un ejército
que tomaba su mate en los cuarteles.
Uno no siempre hace lo que quiere
uno no siempre puede
por eso estoy aquí
mirándote y echándote
de menos.
Por eso es que no puedo despeinarte el jopo
ni ayudarte con la tabla de nueve
ni acribillarte a pelotazos.
Vos ya sabés que tuve que elegir otros juegos
y que los jugué en serio.
Y jugué por ejemplo a los ladrones
y los ladrones eran policías.
Y jugué por ejemplo a la escondida
y si te descubrían te mataban
y jugué a la mancha
y era de sangre.
Botija aunque tengas pocos años
creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides.
Por eso no te oculto que me dieron picana
que casi me revientan los riñones
todas estas llagas hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durísimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre.
Pero también es bueno que conozcas
que tu viejo calló
o puteó como un loco
que es una linda forma de callar.
Que tu viejo olvidó todos los números
(por eso no podría ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos.
Y las calles y el color de los ojos
y los cabellos y las cicatrices
y en qué esquina
creían que libertad
era tan sólo una palabra aguda
que muerte era tan sólo grave o llana
y cárceles por suerte una palabra esdrújula.
Olvidaban poner el acento en el hombre.
La culpa no era exactamente de ellos
sino de otros mas duros y siniestros
y éstos sí
cómo nos ensartaron
en la limpia república verbal
cómo idealizaron
la vidurria de vacas y estancieros
y cómo nos vendieron un ejército
que tomaba su mate en los cuarteles.
Uno no siempre hace lo que quiere
uno no siempre puede
por eso estoy aquí
mirándote y echándote
de menos.
Por eso es que no puedo despeinarte el jopo
ni ayudarte con la tabla de nueve
ni acribillarte a pelotazos.
Vos ya sabés que tuve que elegir otros juegos
y que los jugué en serio.
Y jugué por ejemplo a los ladrones
y los ladrones eran policías.
Y jugué por ejemplo a la escondida
y si te descubrían te mataban
y jugué a la mancha
y era de sangre.
Botija aunque tengas pocos años
creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides.
Por eso no te oculto que me dieron picana
que casi me revientan los riñones
todas estas llagas hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durísimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre.
Pero también es bueno que conozcas
que tu viejo calló
o puteó como un loco
que es una linda forma de callar.
Que tu viejo olvidó todos los números
(por eso no podría ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos.
Y las calles y el color de los ojos
y los cabellos y las cicatrices
y en qué esquina
en qué bar
qué parada
qué casa.
Y acordarse de vos
de tu carita
lo ayudaba a callar.
Una cosa es morirse de dolor
y otra cosa es morirse de vergüenza.
Por eso ahora
me podés preguntar
y sobre todo
puedo yo responder.
Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere.
Llorá nomás botija
son macanas
que los hombres no lloran
aquí lloramos todos.
Gritamos berreamos moqueamos chillamos
maldecimos
por que es mejor llorar que traicionar
por que es mejor llorar que traicionarse.
Llorá
pero no olvides.
qué parada
qué casa.
Y acordarse de vos
de tu carita
lo ayudaba a callar.
Una cosa es morirse de dolor
y otra cosa es morirse de vergüenza.
Por eso ahora
me podés preguntar
y sobre todo
puedo yo responder.
Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere.
Llorá nomás botija
son macanas
que los hombres no lloran
aquí lloramos todos.
Gritamos berreamos moqueamos chillamos
maldecimos
por que es mejor llorar que traicionar
por que es mejor llorar que traicionarse.
Llorá
pero no olvides.
Mario Benedetti
viernes, 30 de marzo de 2012
La mujer insoportablemente leve
Tenía dieciséis años, -iba yo relatando-,
cuando cayó en mis manos un libro de Kundera,
La insoportable levedad del ser.
Un título vibrante y asombroso
como un arcón repleto de tesoros.
cuando cayó en mis manos un libro de Kundera,
La insoportable levedad del ser.
Un título vibrante y asombroso
como un arcón repleto de tesoros.
Mientras,
tú me escuchabas
con esas dos ventanas abiertas en la cara
que siempre fueron ojos y camino.
[El tren se iba adentrando por la costa
buscando siempre el Sur]
¿Creerás, -yo proseguía-, que en aquellos momentos
yo soñaba con ser
Sabina la sensual,
Sabina eterna amante condenada
a abandonar todos los hombres que ama?
Tú asentías sonriendo con tus ojos de estrella
como si no existiese ningún resquicio en mí
que tú no imaginaras,
que tú no conocieras.
[El tren y los andenes intercambian viajeros
buscando siempre el Sur]
Más tarde me di cuenta, -continué yo diciendo-,
que un pequeño detalle, -¿debo decir defecto?-,
me arrastra sin remedio
muy lejos de Sabina.
Me guste o no, yo soy
un animal sensible
que nunca ha conseguido enfriar su corazón.
Tú arqueas la sonrisa en connivencia.
[El tren nos deposita en la estación minúscula
que está mirando al Sur]
Recuérdame, si un día
el destino me cruza con Kundera,
abonarle con creces
tanta declaración de amor a dúo.
Raquel Lanseros
jueves, 29 de marzo de 2012
Naces, Voces y Mueres
En las pequeñas habitaciones escondidas/encendidas del mundo vibran en silencio los instrumentos. En silencio se llaman entre el desorden de trastos tirados. Caminos de ceniza que serpentean entre los templos de vidrio amueblados de cerveza tibia. Los cuerpos zombificados se levantan del pozo eterno de la resaca, alentados por la llamada muda que bombardea sus sienes.
Cuerpos destrozados, mentes enfermas, sólo quieren abandonar. Abandonar el nuestro mundo poco a poco, sin prisa, dejándose poseer por el cálido abrazo de ella: la Otra Dimensión. Allí, ajenos a Dios y sus malditos paraguas, pueden oir los lamentos y gritos de las risas esputadas entre arcadas de tonos semitonos graves que gimen vibratos y tosen trinos trémolos agudos ¡staccato!... Allí pueden oír las voces de aquellos que sólo existen aquí si son usados por las manos vivas de las mentes muertas. Entonces se vuelven tan insoportables los gritos, se acelera tanto la palpitación, desaparece la ilusión por nada, y los que caminan entre tú y yo toman conciencia de lo que realmente son: instrumentos.
Y sólo así se abrazan a las máquinas,
les hacen el amor,
las golpean con violencia,
pariendo una y otra vez
hasta el infinito
a la pequeña musa de la celebración.
Cuerpos destrozados, mentes enfermas, sólo quieren abandonar. Abandonar el nuestro mundo poco a poco, sin prisa, dejándose poseer por el cálido abrazo de ella: la Otra Dimensión. Allí, ajenos a Dios y sus malditos paraguas, pueden oir los lamentos y gritos de las risas esputadas entre arcadas de tonos semitonos graves que gimen vibratos y tosen trinos trémolos agudos ¡staccato!... Allí pueden oír las voces de aquellos que sólo existen aquí si son usados por las manos vivas de las mentes muertas. Entonces se vuelven tan insoportables los gritos, se acelera tanto la palpitación, desaparece la ilusión por nada, y los que caminan entre tú y yo toman conciencia de lo que realmente son: instrumentos.
Y sólo así se abrazan a las máquinas,
les hacen el amor,
las golpean con violencia,
pariendo una y otra vez
hasta el infinito
a la pequeña musa de la celebración.
Amacaballo Fat
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siglo xxi
miércoles, 28 de marzo de 2012
Hace apenas días
Hace apenas días murió mi padre,
hace apenas tanto.
Cayó sin peso,
como los párpados al llegar
la noche o una hoja
cuando el viento no arranca, acuna.
Hoy no es como otras lluvias
hoy llueve por vez primera
sobre el mármol de su tumba.
Bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
ahora que he muerto en otro.
hace apenas tanto.
Cayó sin peso,
como los párpados al llegar
la noche o una hoja
cuando el viento no arranca, acuna.
Hoy no es como otras lluvias
hoy llueve por vez primera
sobre el mármol de su tumba.
Bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
ahora que he muerto en otro.
Hugo Mujica
martes, 27 de marzo de 2012
Dino Campana revisa su biografía en el psiquiátrico de Castel Pulci
Servía para la química, para la química pura.
Pero preferí ser un vagabundo.
Vi el amor de mi madre en las tempestades del planeta.
Vi ojos sin cuerpo, ojos ingrávidos orbitando alrededor de mi lecho.
Decían que no estaba bien de la cabeza.
Tomé trenes y barcos, recorrí la tierra de los justos
en la hora más temprana y con la gente más humilde:
gitanos y feriantes.
Me despertaba temprano o no dormía. En la hora
en que la niebla aún no ha despejado
y los fantasmas guardianes del sueño avisan inútilmente.
Oí los avisos y las alertas pero no supe descifrarlos.
No iban dirigidos a mí sino a los que dormían,
pero no supe descifrarlos.
Palabras ininteligibles, gruñidos, gritos de dolor, lenguas
extranjeras oí adonde quiera que fuese.
Ejercí los oficios más bajos.
Recorrí la Argentina y toda Europa en la hora en que todos
duermen y los fantasmas guardianes del sueño aparecen.
Pero guardaban el sueño de los otros y no supe
descifrar sus mensajes urgentes.
Fragmentos tal vez sí, y por eso visité los manicomios
y las cárceles. Fragmentos,
sílabas quemantes.
No creí en la posteridad, aunque a veces
creí en la Quimera.
Servía para la química, para la química pura.
Pero preferí ser un vagabundo.
Vi el amor de mi madre en las tempestades del planeta.
Vi ojos sin cuerpo, ojos ingrávidos orbitando alrededor de mi lecho.
Decían que no estaba bien de la cabeza.
Tomé trenes y barcos, recorrí la tierra de los justos
en la hora más temprana y con la gente más humilde:
gitanos y feriantes.
Me despertaba temprano o no dormía. En la hora
en que la niebla aún no ha despejado
y los fantasmas guardianes del sueño avisan inútilmente.
Oí los avisos y las alertas pero no supe descifrarlos.
No iban dirigidos a mí sino a los que dormían,
pero no supe descifrarlos.
Palabras ininteligibles, gruñidos, gritos de dolor, lenguas
extranjeras oí adonde quiera que fuese.
Ejercí los oficios más bajos.
Recorrí la Argentina y toda Europa en la hora en que todos
duermen y los fantasmas guardianes del sueño aparecen.
Pero guardaban el sueño de los otros y no supe
descifrar sus mensajes urgentes.
Fragmentos tal vez sí, y por eso visité los manicomios
y las cárceles. Fragmentos,
sílabas quemantes.
No creí en la posteridad, aunque a veces
creí en la Quimera.
Servía para la química, para la química pura.
Roberto Bolaño
lunes, 26 de marzo de 2012
Una muerte
Con la muerte se le borró el acento. Se le apagó la voz, con la muerte se esfumaron sus palabras.
Con la muerte la vida enroscada en la carne blanca tornó en aire, soplando como brisa suave, navegando por casualidad con bocas extrañas.
Con la muerte el brillo de sus ojos se tiñó de aceite espeso, como el aire húmedo y pesado que queda dentro del ataud. Las estampas amarillas, tan fuertemente almacenadas, se vuelven polvo y arena prendidos en la toga de la pétrea mujer.
Con aquella muerte se borraba esa vida. Con esa muerte se enfriaba esta gélida sonrisa. Con esta muerte quedaba grabada aquella vida.
Con su muerte pasó a la atemporalidad, pasó a la eterna existencia. Con su muerte pasó a la inmortalidad.
Con la muerte la vida enroscada en la carne blanca tornó en aire, soplando como brisa suave, navegando por casualidad con bocas extrañas.
Con la muerte el brillo de sus ojos se tiñó de aceite espeso, como el aire húmedo y pesado que queda dentro del ataud. Las estampas amarillas, tan fuertemente almacenadas, se vuelven polvo y arena prendidos en la toga de la pétrea mujer.
Con aquella muerte se borraba esa vida. Con esa muerte se enfriaba esta gélida sonrisa. Con esta muerte quedaba grabada aquella vida.
Con su muerte pasó a la atemporalidad, pasó a la eterna existencia. Con su muerte pasó a la inmortalidad.
sábado, 24 de marzo de 2012
La calle del agujero en la media
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto
y la mujer que amo con una boina azul.
Yo conozco la música de un barracón de feria
barquitos en botellas y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.
Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el afiche apagado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
¡Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazos tendidos!
-Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños dormidos-.
Tenía el resplandor de una felicidad
y veía mi rostro fijado en las vidrieras
y en un lugar del mundo era un hombre feliz.
¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios?
¿Y muñecos de trapo con alegres bonetes?
¿Y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verduras con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento en primavera.
El ciego está cantando. Te digo: ¡Amo la guerra!
Esto es simple querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda
alegres en lo alto de una calle cualquiera.
Alegres las campanas como una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en tu media
sale el sol y se llena todo el cuarto de luz.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Solo yo voy por ella con mi dolor desnudo
solo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir, yo he conocido, es decir: Algo ha muerto
Raúl González Tuñón
viernes, 23 de marzo de 2012
El puente que volaba
No voy
a subir a ese puente a escribir nuestros nombres
-aunque haya trazado una letra
que amenaza con patalear furiosa-
en el rojo hierro y en la ardilla morada.
No voy
a decir verdades, solo mentiras verosímiles,
y ya mi sombra se suicida sucesivamente
y por enésima vez, desde el puente de alas,
con el paracaídas de mis ensoñaciones.
No voy
a ver florecer los cerezos esta primavera
aunque tenga las manos hambrientas
de pétalos infértiles de género no marcado
y sonrisa asfixiada.
No voy
a eyacular versos que mueran en el aire
sino a comprimirlos dentro de una fotografía
instánea-mente- eterna
porque sé que Cuenca los escuchará encantada.
a subir a ese puente a escribir nuestros nombres
-aunque haya trazado una letra
que amenaza con patalear furiosa-
en el rojo hierro y en la ardilla morada.
No voy
a decir verdades, solo mentiras verosímiles,
y ya mi sombra se suicida sucesivamente
y por enésima vez, desde el puente de alas,
con el paracaídas de mis ensoñaciones.
No voy
a ver florecer los cerezos esta primavera
aunque tenga las manos hambrientas
de pétalos infértiles de género no marcado
y sonrisa asfixiada.
No voy
a eyacular versos que mueran en el aire
sino a comprimirlos dentro de una fotografía
instánea-mente- eterna
porque sé que Cuenca los escuchará encantada.
Gema Palacios
jueves, 22 de marzo de 2012
Un lugar desafecto
Here is a place of disaffection
Penetraré la cueva
de bisonte y raíl riguroso,
la piedra decimal que nunca
conoce.
Soy urgente
y frágil, de alabastro.
Iré.
Iré al angosto
pasadizo sin dolor que habitan
y por la larga espalda de las sombras
sobre un viento de vidrio.
Cuentan todos por sueño
y el sueño tan aprisa
los párpados tramonta y se revuelve
sobre su huella... Turbios
como el temor o ciegos como el humo
inútilmente se preguntan.
Saben.
Pero no yo.
Quisiera
averiguar si aún el pacto antiguo
puede ser entendido, si allá arriba
en el fragor de torres,
de suplicada primavera -lejos
del muro que tallaron- vive.
Si todavía cuerpos
firmes sobre la muerte que no esperan,
si la sangre propuesta,
si un dios naciente, si el amor
como una fronda súbita en el cielo...
Oh bóveda, pregunto
si acaso es éste el tiempo convenido,
si el plazo que pusiste se consuma.
¿El doloroso vínculo nos ata
las sangres contagiosas y las frentes?
Trepida el mecanismo
dulce que de costumbre imaginaron.
Se funden
como un bosque
culpable, como un viento de sílice
se esparcen.
Cometemos un círculo que dura.
¿Mas quién impedirá que un tiempo corra
más ágil que otro tiempo?
La imprecisa figura repentina
se nutre de peligro.
Cambia
regresa
crece
medita las estrellas y las une.
Permanece posible sobre el cuerpo
común, sobre la roca originaria
en esta hora de partida.
Absorto
archipiélago extraño
improvisa un abismo transparente.
Basta volver la vista:
la soledad del árbol se propaga
y soy su presa singular.
Un hueco
cercado de silencio inviolable...
...es otra vez poema;
la palabra empezada prevalece
y mide el mundo sus instantes fuera.
Se oye llover sobre el metal marino
morir el agua sobre el agua viva.
Carlos Barral
miércoles, 21 de marzo de 2012
Epigrama
Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.
Ernesto Cardenal
martes, 20 de marzo de 2012
Cuenta atrás
El mundo es una cuenta atrás,
no hay Dios,
mi único Dios soy yo,
soy yo.
sin embargo, yo sigo sólo,
yo sólo solo,
el mundo es una cuenta atrás,
empieza y acaba en el hospital
no hay Dios,
mi único Dios soy yo,
soy yo.
sin embargo, yo sigo sólo,
yo sólo solo,
el mundo es una cuenta atrás,
empieza y acaba en el hospital
lunes, 19 de marzo de 2012
A un olmo seco
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
Antonio Machado
domingo, 18 de marzo de 2012
Espantapájaros I
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de soportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo
sábado, 17 de marzo de 2012
(Quisiera sentir el tacto)
Quisiera sentir el tacto
de nuestros amaneceres.
Sentir como se eriza
cada vello de tu espalda
con cada caricia,
con cada roce
de mis labios descendentes
por la línea que ella traza.
Tener prisionero el movimiento
de mi ser
entre la cárcel
de tus caderas.
Bailar en vertical y horizontal
el baile del aliento,
(almaconcentrada)
exasperado,
aullante.
Julio Achútegui
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