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lunes, 22 de octubre de 2012

(Crecí entre libros olvidados)

Crecí entre libros olvidados
cerca del castillo musulmán,
donde amarillentos sabios crujían
contra la tierna soledad de aquellos ojos.

Más tarde descubrí el fuego de la vida
y con ahínco prendí las páginas heridas de mi adolescencia,
esforzándome en balde por el ser humano
derroché aquellos años
como un auténtico suicida.

Los muertos preferidos me habían enseñado
que sus años de carne y hueso
habían resultado desastrosos
¡oh maestros inmortales!

En el temor confuso de vivir
languidecí entre las subrayadas páginas del éter,
caí extrañado en la región ignota
de pájaros acristalados y grillos,
junto al lúcido peligro del hidalgo.

Pasado el tiempo que no pasa
y con el ánimo de los antiguos
me reencontré entero en una nueva senda,
franqueé cárceles amables,
me despedí de los apacibles muros de piedra
que habían cobijado inútilmente
una esperanza de laurel.

Así fue como lo abandoné todo,
estaba escrito en la nutritiva piel del silencio
y en todos los crucigramas reflectantes
de este techo de cristal.
José Antonio Pamies

sábado, 21 de abril de 2012

(Emoción en el centro de las cosas)

Emoción en el centro de las cosas,
cuando el verano muere silencioso
y es Septiembre una ráfaga de ayer,
una ráfaga de aliento lejano y misterioso.

Aquel olor como una cruda máscara
que no recuerdo y llevo aquí tan mía,
será que el mar se acuesta siempre solo
y empieza a hacer frío ya sobre esa playa,
será que es tiempo de volar sin alas
sobre las aceras gastadas de Madrid.

Recuerdo un pelo de azabache roto,
las columnas de piedra en el paseo,
una voz diciendo besa esa flor
antes de que se marchite, y otra
olvídalo todo, eres un hombre,
aprende a hacerte el nudo en la corbata.

Bajando por Gran Vía lo recuerdo
como una tempestad de sol presente
que al fin se afirma en este paladar,
basta ya de sueños y de auroras,
basta ya de números y cifras,
basta ya de losas, de contratos, de relojes.

Subiendo te repito y me afirmo,
me gusta observar los edificios,
soy pequeño entre esta inmensidad
y es por eso que siento vivo el amor
de tus pestañas, cuando lloras mía
por todo lo que no puedes contarme.

Te confieso que las tardes mueren
porque se te deshoja la sonrisa
cada vez que no te nombro, habitamos
en el vaivén sentimental del río,
cúlpame de perro fiel sin besos
que sólo sabe escribir absurdos poemas
como este, como ese, como aquel, siempre.
José Antonio Pamies